Su hijo se suicidó, ayudó a cientos de personas y superó una depresión: “Sé lo que es estar mal”
Estacionó a un costado de la Ruta 2. Bajó del auto con los papeles en la mano y caminó hacia la pequeña oficina policial.Jess Browne viajaba con sus dos hijos más chicos rumbo a Mar del...
Estacionó a un costado de la Ruta 2. Bajó del auto con los papeles en la mano y caminó hacia la pequeña oficina policial.
Jess Browne viajaba con sus dos hijos más chicos rumbo a Mar del Plata para pasar Año Nuevo cuando los frenaron en un control. El auto era prestado y, en un primer momento, no había logrado encontrar la documentación.
El policía le había dicho que buscara tranquila los papeles y, cuando los encontrara, se acercara hasta la oficina.
Al entrar, el agente estaba mirando su teléfono.
—¿Usted es Jess Browne? —le preguntó.
Ella no sabía de dónde la conocía. Entonces el hombre sacó del bolsillo una carta.
—Yo estuve a punto de suicidarme. Pero encontré su historia y no lo hice. Desde ese día siempre llevo esta carta. Cuando me siento triste, la leo.
El policía la acompañó de regreso hasta el auto y, antes de despedirse, se dirigió a sus hijos:
—Gracias a Empesares yo sigo vivo. Cuiden mucho a su mamá.
“Fue muy fuerte”, recuerda hoy Jess.
Suicidio: señales de alerta y dónde pedir ayuda
La de aquel policía es apenas una de las tantas historias que llegaron hasta ella desde abril de 2020, cuando su hijo mayor, Ignacio “Nacho” Browne, se suicidó a los 28 años.
Sin embargo, ese episodio quedó grabado de una manera especial: un desconocido le estaba diciendo que la historia de Nacho, que ella había comenzado a contar en una cuenta de Instagram llamada Empesares —un juego de palabras entre “empezar” y “pesares”—, había ayudado a que él siguiera vivo.
Para Jess, hoy más que nunca, es clave “seguir hablando de esto”. “Lo que está pasando es muy preocupante”, afirma en el Día Mundial para la Prevención del Suicidio.
HOY: evento gratuito sobre cómo proteger la salud mental de los chicos
Las cifras lo respaldan. En 2025 se registraron 5.209 suicidios en la Argentina, la cifra más alta de los últimos nueve años. Representa un aumento del 22,6% respecto a 2024, según el Sistema Nacional de Información Criminal (SNIC). La tasa llegó a 11,8 cada 100.000 habitantes. En promedio, fueron 14 muertes por día: una cada aproximadamente dos horas.
El impacto entre adolescentes y jóvenes es especialmente alarmante: el suicidio desplazó a los incidentes viales como principal causa de muerte entre los 15 y los 34 años. En 2024, además, murieron por esta causa 377 niñas, niños y adolescentes de entre 10 y 19 años. Más de uno por día.
A más de seis años de la muerte de Nacho y a cinco de la primera nota que dio a LA NACION, Jess habla desde otro lugar. Después de acompañar a cientos de personas y publicar un libro sobre su experiencia, atravesó una profunda depresión, se alejó de Empesares y comenzó un largo proceso de recuperación.
“Hace casi tres años empecé a sentirme mejor. Pero sé perfectamente lo que es estar en el fondo del mar”, asegura.
Hablemosdetodo_Jessvideo“Que se cuente su historia”El viernes 10 de abril de 2020, el día en que Nacho se suicidó, Jess estaba en Londres con su pareja de entonces y sus dos hijos más chicos. Nacho estaba en Buenos Aires cuidando a su abuelo, el padre de Jess, que estaba enfermo.
La pandemia acababa de empezar y madre e hijo hablaban casi todos los días por teléfono.
Nada, dice Jess, la había preparado para lo que ocurrió. Nadie lo vio venir.
Por las restricciones de la pandemia, no pudo viajar inmediatamente a la Argentina. Las cartas que su hijo había dejado llegaron a sus manos un mes después. En una de ellas había un pedido que marcaría lo que haría a partir de entonces: que su historia se contara, que no se mintiera sobre lo que había pasado.
Antes de la muerte de Nacho, Jess escribía y tenía un blog. Apenas ocurrió, le pidió a una amiga que lo cerrara. Poco después, alguien le dijo que tenía que “volver a empezar”. La frase quedó resonando y terminó convertida en Empesares.
“Escribir me empezó a ayudar un montón”, cuenta. Sus textos tuvieron una repercusión que no había imaginado. Llegaron cientos de mensajes de personas con depresión, familiares que no sabían cómo ayudar y jóvenes que pensaban en quitarse la vida. Algunos aparecían en situaciones límite. “Estoy en el baño, estoy por hacer lo que hizo Nacho”, recuerda que le escribían.
“Desesperante”, define hoy Jess.
Ella no era una profesional de la salud mental. “Soy solo una mamá. Sentía que tenía que salvar a todos los chicos que pudiera”, dice. Había quedado al descubierto una necesidad enorme: personas atravesadas por el suicidio que no sabían dónde encontrar ayuda.
Listas de espera de 800 personasEmpesares siguió creciendo. En pocos meses acumuló miles de seguidores. Hoy supera los 100.000. Con el tiempo comenzaron a ofrecer grupos de acompañamiento, a cargo de psicólogas, para familiares de personas que se habían suicidado.
La demanda fue enorme: llegaron a tener listas de espera de entre 600 y 800 personas.
Finalmente, tuvieron que dejar de ofrecerlos. “Había un gran agujero en la salud mental y creo que nosotras quisimos cubrirlo y no pudimos”, reconoce Jess. “La demanda era demasiada y son pocos los psicólogos que pueden donar su tiempo. Quisimos juntar donaciones, pero era muy difícil”.
Actualmente, Empesares es un espacio de referencia en la temática. Continúa bajo la conducción de la prima de Jess, Cinthia Castañeda, psicóloga. Desde la cuenta brindan información y orientación, derivan a especialistas en suicidio y posvención y ofrecen capacitaciones para profesionales, escuelas y otros espacios comunitarios.
“Entendí lo que es no poder más”Mientras Empesares crecía, Jess seguía atravesando su propio duelo.
En 2022, la historia de ella y Nacho se convirtió también en un libro. Poco después, algo se quebró.
En apenas 11 meses habían muerto su mamá, Nacho y su papá. Después se divorció. Durante todo ese tiempo había seguido adelante: escribía, respondía mensajes y acompañaba a otros. Hasta que sintió que ya no podía más.
Jess cayó en una depresión profunda.
“Entendí perfecto la sensación de sentir que no podés más”, cuenta. “Estuve mal, o sea mal, en el fondo del mar”.
Fue entonces cuando tuvo que aceptar que necesitaba ayuda.
“Por suerte tuve gente alrededor”, dice. Su prima Cinthia y dos grandes amigas estuvieron ahí para “atajarla”. “Hubo gente que supo acompañar y que por ahí no tenía ni la formación necesaria. Pero estuvieron. Dijeron: ‘No, nos vamos y nos quedamos’”, recuerda. Algunas la llamaban todos los días; otras pasaban por su casa y, si ella no quería hablar, simplemente le dejaban algo.
Esa experiencia cambió su manera de pensar el acompañamiento. “Lo único que tenés que hacer frente a alguien que está sufriendo es acompañar. No tenés que decir nada ni juzgar”, dice. “Si tenés una opinión que no va a sumar, no la digas. Acompañar y silencio”.
Ella encontró otra forma de acompañar. Desde hace unos años colabora con la asociación civil Espartanos y dos veces por semana va al penal de San Martín. Allí participa de encuentros con hombres y mujeres privados de su libertad, acompañando sus procesos espirituales.
“Buscaban cómo suicidarse”Después de años de escuchar a jóvenes y familias, Jess percibe un cambio positivo: hoy se habla más de salud mental y las nuevas generaciones pueden poner en palabras lo que sienten.
“El chico entiende y sabe decir: ‘Estoy deprimido, estoy abrumado’. El tema es cómo gestionar eso”, plantea. “Necesitamos trabajar mucho en darles herramientas para gestionar esas emociones”.
Y esas herramientas no siempre están disponibles. “Para gestionar eso se necesita ayuda profesional”, dice. El problema, advierte, es que no todos los jóvenes pueden acceder a ella ni tienen cerca a un adulto o un amigo que pueda ayudarlos.
A eso se suman las redes sociales y la sensación de que siempre debería estar ocurriendo algo extraordinario. “Hoy tienen esta sensación de que un día donde solo se levantaron, fueron a trabajar, volvieron, vieron una peli y se fueron a dormir, casi como que es un día perdido”, describe y agrega: “Y la vida a veces es eso. Es nada. Que no pase nada es un montón”.
También le preocupa la lógica de los algoritmos: un adolescente que consume contenidos vinculados con la tristeza o la desesperanza puede recibir cada vez más de lo mismo. “Hay chicos que llegaron a Empesares buscando información sobre cómo suicidarse”, cuenta Jess.
Hablar y saber qué hacer despuésPara Jess, todavía hace falta derribar prejuicios. “Hay chicos jóvenes que están diagnosticados con problemáticas de salud mental y medicados y que les da vergüenza contarlo”, dice.
También escucha con frecuencia otra frase: “Tiene todo”.
“Conocí chicos que vivían en barrios cerrados, iban a colegios privados y decían: ‘No me entienden. Tengo la presión encima de que no tengo derecho a estar mal porque tengo todo esto’”, cuenta.
Cuando un chico logra decir que algo le pasa, Jess cree que la respuesta del adulto no debería ser minimizar ese sufrimiento. También hay que ayudarlo a entender que una crisis no necesariamente durará para siempre: “Esto es pasajero”.
¿Qué hacer cuando alguien atraviesa una angustia profunda? Jess vuelve a una idea sencilla: no quedarse solo. Y recuerda que también necesita sostén quien acompaña. “Hay que buscar ayuda, no quedarse solo: ni el que está triste ni el que está acompañando”.
Si tuviera hoy enfrente a una persona que siente que ya no encuentra una salida, Jess le diría: “Buscá un humano que te ataje, que te contenga”.
Después vendrán el profesional, el tratamiento, las herramientas. Pero antes, insiste, tiene que haber alguien del otro lado: “Ojalá haya cada vez más gente que quiera tender manos”.
Más informaciónEn el marco del Día Mundial para la Prevención del Suicidio, Empesares convoca este domingo 13 de septiembre, a las 17, a un encuentro frente al Congreso de la Nación. Buscan visibilizar la problemática y poner en agenda la necesidad de fortalecer la prevención y el acompañamiento.
Hablemos de TodoEsta nota forma parte de Hablemos de Todo, una iniciativa de Fundación LA NACION que busca cuidar y acompañar la salud mental de los niños y adolescentes. El proyecto ofrece herramientas, visibiliza historias en primera persona y acerca recomendaciones de especialistas.