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La final que no termina: “Feos, sucios y malos” (y ahora silbados)

Pasó ya el primer mes, pero la final todavía se sigue jugando. En Qatar nos quedó el bello recuerdo eterno. El combo de final emotiva, Messi por fin campeón y cinco millones de personas en las ...

Pasó ya el primer mes, pero la final todavía se sigue jugando. En Qatar nos quedó el bello recuerdo eterno. El combo de final emotiva, Messi por fin campeón y cinco millones de personas en las calles. También este último Mundial será memoria popular. El de las remontadas espectaculares, el de la bandera soberana. Pero sufrió primero teorías conspirativas ridículas y que aun hoy persisten. Allí está, entre otras, la insólita publicación del video con IA en el que Gianni Infantino, con Chiqui Tapia a su lado, extorsiona a la selección antes de salir a la cancha, amenaza de violación incluida, obligándola a perder la final para salvar de la prisión al presidente de la AFA. No sirve siquiera la sentida carta pública que Leo Messi escribió a su padre muerto, diciéndole que no hubo piernas para retener la Copa. “Final entregada”, insisten. Peor es afuera. Las sanciones masivas de la FIFA por los incidentes de la final reavivaron estos días crónicas impiadosas en la prensa mundial. “Feos, sucios y malos”. Racistas y salvajes. “Animals”. Y, ahora, silbados en Europa.

El caso más notable es Julián Alvarez. Pero tiene otro matiz. Julián es acaso la estrella de más bajo perfil de la selección, cero conflicto, puro compromiso colectivo y notable jerarquía individual. Hoy, sin embargo, en plena tormenta. Invocando a media voz un supuesto compromiso verbal para forzar su salida del Atlético de Madrid, que le responde con el contrato de la jaula dorada. ¿Qué hincha no se enfurece contra el jugador que se enfrenta a nuestro club? Como sea, y por difícil que resulte todo, el caso de Julián jamás podría formar parte del odio de moda a la selección. Como tampoco la posible pérdida de titularidad que parece confirmarse para otros jugadores (Alexis MacAllister en Liverpool). Ni el caso Dibu Martínez, en el que jugador y club (Aston Villa) parecen de acuerdo en la partida, solo que se complica el comprador. Y tampoco en el de Enzo Fernández (Chelsea), silbado el lunes por hinchas de Fulham, como podrá sucederle en otras canchas de la Premier, respuesta a su gol y gesto de Topo Gigio ante Inglaterra, bandera de Malvinas incluida, reclamo rebelde y soberano sancionado por la FIFA, “antipático” para muchos en estos tiempos de discurso más dócil.

Esa media hora final ante Inglaterra, acaso la más espectacular de todo el Mundial, furia futbolera, rival arrinconado, postes, salvadas y reacción triunfal, está sin embargo borrada en crónicas que siguen impiadosas, sean anónimas o de prensa prestigiosa. Los datos selectivos para cuestionar a una selección que, sugieren, llegó a la final “gracias a la protección de la FIFA”. La final contra España, es cierto, regaló letra: un esquema que (con todos los condicionantes ya sabidos) llevó a casi ni pisar siquiera el área rival en 120 minutos. Es cierto, permitió increíblemente a la selección mantenerse viva hasta el último segundo del partido. Quedar a penales de un bicampeonato histórico. Pero, injusto o no, esa renuncia a jugar terminó siendo tal vez un precio demasiado caro para la imagen de una selección que durante ocho años jamás había hecho algo así. Y que, tal su grado de compromiso, nos había hecho creer que la derrota no formaba parte del juego. Y la gresca última. No saber perder duró poco e involucró a pocos, y hasta pudo tener algún atenuante. Pero dio vergüenza.

Si las crónicas de hoy siguen impiadosas, peor son los foristas. Leo indignaciones masivas que reclaman la expulsión definitiva de Argentina de los Mundiales. Y la acusación, otra vez, de “país más racista del mundo”. Como si hubiese ranking posible, como si el acusador pudiera esconder su vergüenza pasada y como si no hubiera racismo en casi todos los países del mundo, Argentina incluida (hoy ayuda poco un presidente que insulta al mundo y la votación de marzo pasado en la ONU en la que solo Argentina, junto con Estados Unidos e Israel, se oponen a declarar a la esclavitud “como el crimen de lesa humanidad más grave de la historia”). Pero nadie afirma que Alemania es un país racista porque hace dos semanas debió cancelarse en Berlín una fiesta especial de seis horas para niños negros en una piscina popular porque la ultraderecha denunció discriminación hacia los blancos y amenazó con incidentes. ¿Y no fue en Londres donde se suicidó días atrás el profesor Jason Arday luego de que se filtraran mentiras de su currículum, algo cotidiano en la vida académica, pero expuesto como tema nacional solo porque Arday era negro? Cada país tiene su pasado colonial, su inmigración generosa, sus crímenes de odio, su clasismo, sus pueblos originarios sometidos, su propia complejidad. La nuestra cotiza hoy en el algoritmo como ninguna otra. El grito y la generalización ridícula de afuera podrá servirnos de coartada para denunciar hipocresía y victimizarnos. Nosotros contra el mundo. Sirve también para evitarnos el debate propio. No darnos cuenta, por ejemplo, que nuestros “códigos” internos, a veces simplemente burlones, otras espantosamente crueles, ya no sirven en el escenario global. Y permiten que hasta la FIFA, justamente esta FIFA de Gianni Infantino, nos castigue invocando la ética y la disciplina.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/deportes/futbol/la-final-que-no-termina-feos-sucios-y-malos-y-ahora-silbados-nid26082026/

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