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Desvelada: crónica de un desvelo oriental

En mis noches desvelada hago todo aquello que los expertos en sueño indican no hacer. Manoteo en la oscuridad hasta sentir la tranquilizadora forma de mi teléfono; a tientas, pero con preocupante...

En mis noches desvelada hago todo aquello que los expertos en sueño indican no hacer. Manoteo en la oscuridad hasta sentir la tranquilizadora forma de mi teléfono; a tientas, pero con preocupante precisión, ingreso mi clave para desbloquearlo. Sin luz no reconoce mi cara. No lo culpo, yo tampoco querría verme en estas madrugadas en vela. Levanto la sábana y me cubro apenas para que la poca luz no llegue a mi marido y arruine también su sueño. Deslizo mis dedos por la pantalla y abro un solitario de mahjong con la precaria sensación de superioridad de creerme que es mejor que jugar al Candy Crush o el patológico escroleo de redes sociales. Hace años que lo hago. Se abre el tablero de fichas: círculos, caracteres chinos (o eso creo), dragones, plantas, vientos… Es todo un engaño. Lo único que tengo que hacer es encontrar pares idénticos hasta que todas las fichas desaparezcan de la pantalla y yo pase al siguiente nivel. No mucho más difícil que el juego de la memoria que jugaba en el jardín de infantes.

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Esa tarde de 2006 en Nueva York, el cielo se puso de un gris plomizo de un minuto a otro y enseguida todo estaba negro y caótico. La gente empezaba a correr para llegar a tiempo a alguna de las bocas del subte sobre Broadway y yo simplemente busqué el primer lugar que me permitiese refugiarme sin tener que pagar demasiado a cambio. Las puertas del Pearl River Mart, un enorme mercado de chucherías orientales donde uno podía perderse un buen rato por unos pocos dólares.

Lo había conocido por casualidad a comienzos de los 90, cuando estaba en pleno Barrio Chino, sobre la famosa Canal Street, y lo volví a encontrar (también por casualidad) muchos años más tarde. Después me entero de que no fue tanto el azar, sino que desde que abrió en 1971 de la mano de dos estudiantes taiwaneses, cambió unas diez veces de ubicación, siempre en la parte baja de Manhattan, así que era fácil topárselo sin buscarlo.

Llenos de idealismo y fervor (y motivaciones principalmente políticas), tuvieron la idea de fundar una pequeña tienda con productos de la China continental. Según ellos mismos explican en su sitio web: “¿Qué mejor manera de romper el halo de misterio que rodeaba a la ‘China Roja’ que introduciendo alimentos sabrosos y artículos útiles para el hogar de ese país a los estadounidenses?”. Aunque el comercio entre China y los EE. UU. estaba prohibido, el señor Chen recogió un particular primer cargamento de mercancías en el puerto de Red Hook, en Brooklyn: salsa de soja embotellada, un pequeño Libro Rojo de Mao, zapatillas de algodón tipo kung fu y gorras del Ejército Popular de Liberación.

Para cuando entré, la tormenta ya se había desatado y, lejos de unos panfletos propagandistas, fui recibida por una plétora de maravillosas chucherías que llamaré chinas, a falta de conocer su verdadero origen, en todos los colores, tamaños, texturas, materiales y también sabores.

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Viendo la cortina de agua en la calle, recuerdo haber pensado que no estaba de más buscar los paraguas. Munida de una pequeña canasta, fui caminando por los pasillos y llenándola rápidamente de un aceite picante con un nombre prometedor, Mongolian Fire Oil, unos peces en cerámica blanca y azul para apoyar los palitos de madera que aún conservo y una bata en una falsa seda con un enorme dragón que se contorneaba en la espalda.

Había un estante con los clásicos juegos de mesa y varias cajitas de mahjong en distintos precios y tamaños. La leyenda, siempre exagerada y romántica, dice que lo inventó el mismísimo Confucio allá por el año 500 a.C. La realidad histórica, un poco más prosaica pero igual de fascinante, dice que el Mahjong tal como lo conocemos tomó forma a finales del siglo XIX (y nada tiene que ver con la aberración digital a la que juego). Su nombre original, Ma Chueh, significa “gorrión”, un homenaje al característico sonido de las fichas al ser mezcladas sobre la mesa, que recuerda al aleteo y trino de esas aves.

Durante décadas fue el pasatiempo de los mandarines y la aristocracia china. Sin embargo, el verdadero salto a la fama vino en la década de 1920, cuando un estadounidense llamado Joseph Babcock lo descubrió en Shanghái, tradujo las reglas al inglés (simplificándolas un poco para el impaciente paladar occidental) y lo exportó a Nueva York. Lo que siguió fue una fiebre absoluta. Ya no era solo un juego; era el pasaporte a un exotismo sofisticado que la posguerra demandaba con urgencia.

Para quien lo mira de afuera, una partida de mahjong parece un indescifrable laberinto visual. Hay 144 fichas divididas en palos (bambúes, caracteres y círculos) y honores (los cuatro vientos y los tres dragones: rojo, verde y blanco), y lo que sigue es una habilidosa tarea de atención y descarte en ese caos de mosaicos desordenados. Dicen que ganar al mahjong es el arte de apaciguar la tormenta.

Miro con atención las cajitas apiladas, atraída por la pintura en los pequeños mosaicos, y pienso que sería lindo tener una (un clásico razonamiento mío en los viajes, el recuerdo inútil). La descarto cuando veo el precio y además pienso en mi valija de regreso a casa. Me muevo hacia una mesa que promete origami y caligrafía y elijo un set en su cajita de madera original y una pila de hojas de papel de arroz atadas con una cinta roja. Para cuando vacío mi canasta de compras en la línea de cajas, la tormenta se apaciguó, tanto que ni necesito el paraguas que tenía la intención de comprar.

Con el falso mahjong de pantalla me encontraré por las noches de desvelo muchos años después. A pesar de que se trata de un juego inconducente de fichas que desaparecen bajo el tacto de mis dedos sobre la pantalla, tendré que agradecerle que a veces, solo a veces, hace que el sueño me conquiste mientras cierro los ojos recordando, por ejemplo, una tormenta en una tarde neoyorquina.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/salud/desvelada-cronica-de-un-desvelo-oriental-nid11072026/

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